23 diciembre 2005

TIEMPO VS MOVIMIENTO

¿¿1847??
Nunca antes las estrellas habían brillado tanto como la noche anterior. Lucrecia recordaba, a plena luz del día, lal pálida luz que interrumpía la oscuridad de la noche. Le agradaba pensar que el trozo de cielo que jardín permitía observar podía ser el mismo que su hermano miraría durante su viaje. Militar de carrera y vocación él había decidido partir con el ejército, se iba al norte, al desierto al lado de Santa Anna.
No se requería mucho para acudir al campo de batalla. Desde la separación de España, la guerra era intermitente; siempre estaba presente; ahora entre partidos, ahora con los estados, ahora con el rey de Francia, ahora -pronto- con los vecinos del norte. Más bien parecía un eterno combate con largas treguas.
Ella conocía el cambio de oídas, era demasiado joven. En más de una ocasión entre los abanicos y el humo, invitados imprescindibles de la noche, había escuchado las quejas, esperanzar rotas, de los que vivieron la separación.A veces creía que bastaba mirar las calles de la ciudad para darse cuenta del cambio, pero ahora dudaba de esa afirmación, ahí mirando por el largo ventanal de un salón, que perdía las esperanzas de ser visitado por un rey, observaba como la imagen de la ciudad no se transformaba. Era como si los muros y las ventanas hubieran decidido ir a un ritmo lento, como si la cuidad estuviese cansada de ser el gran tablero de un juego de ajedrez y se negaran a cambiar. Esto no significaba que la cuidad se detuviera, siempre había nuevas cosas en la ciudad: visitantes de tierras lejanas, bailes, fiestas, alguno que otro libro; sin embargo, siempre podían cerrarse las puertas y correr las cortinas para darse cuenta que al interior de su casa la vida adquiría un ritmo constante.
Su casa era como muchas otras. Tezontle rojo cubría la fachada y unas líneas de piedra gris se prolongaban desde el primer piso hasta el techo, enmarcando las ventanas de ambas plantas. En su interior todo giraba entorno al patio y su centro: una fuente. Era encuadrado y cada uno de sus lados contenía filas de habitaciones. Los límites entre los cuartos y el patio estaban en marcados por arquerías y unas escaleras amplias recibían quien cruzara el portal.
Las estancias de la planta baja, no tenían la mayor importancia para ella. La cocinera, los ayudantes, los trabajadores de la cuadra, el cochero y un largo etcétera; todos ellos trabajaban afanosamente en su interior. Lo más interesante era la cocina, siempre llena de aromas y sabores. Lucrecia creía que la piel de la cocinera despedía canela y demás especias rojas de tantas horas que pasaba entre ellas.
Para dirigirse de cualquier habitación otra el paso obligado es el patio. Dentro de él entre las flores y el rumor de la fuente, podían olvidarse las penas, el jardín permitía que en el interior de la casa predominara la calma.
En línea directa a la entrada principal, cruzando la fuente arrancaban las escaleras. Ya no era una niña pero aun Lucrecia disfrutaba subir, porque era una prueba. Era como si quien llegará a la planta alta no fuera la misma persona que había comenzado a subir. Para llegar a las habitaciones ocupadas por su familia y la planta baja había que cruzar un entrepiso: un espacio de preparación. Una vez pasada la prueba ante los ojos del visitante se mostraban una serie de objetos dignos de un cuento: Sedas y bordados, piezas de diferentes tamaños llegadas de oriente. Espejos biombos y toda clase de muebles. En otra habitación los bordados esperaban que las mujeres se reuniesen para terminarlos.
Algo de la magia contenida en el interior, retenida por las paredes, se filtraba en las calles. Se podían oír desde cualquier ventana los pregones y a los indios con sus rostros de resignación y nostalgia contrastando con el colorido de sus productos.
La gente aprendió a vivir entre soldados y balas de cañón. Las veladas que la Señora... ofrecía a sus no menos importantes invitados no se interrumpían. Los rezos de las monjas Santa Clara seguían elevándose al cielo, voces salvadoras de las almas, mientras otras voces entretenían al público en la opera y los caminantes en el Paseo continuaban enamorándose con miradas. El año 1847 se acercaba como se aproximaban el ejército y su hermano al enemigo. Marchaban rumbo a Saltillo, lentamente, y en algún momento se encontrarían frente a frente.



Serindë

1 comentarios:

  1. Serindë dijo...

    Serndë:
    Este relato nos permite viajar entre las habitaciones de una casa que, provablemente el tiempo ( o las convulciones de la historia)han borrado.
    Qué otro comentario hacer a tu escrito si tú bien sabes que me encanta esta manera de pasear entre la historia a través de la literatura, de un buen relato que permite compartir experiencias sin necesidad de colocar a los grandes hombres ni las grandes fechas.
    Sidurti