10 agosto 2006

Fragmentos

No escribo cuentos o poemas, pero tampoco novelas. Únicamente escribo relatos, historias que pueden alargarse al infinito en todos sus extremos. Crecen hacia le pasado, al futuro, sus personajes se desprenden autónomos o finalizan sus vidas con el ultimo signo de puntuación. Parece que no puedo eludir esta forma de escribir.
Lo siguiente es un apartado dentro de un texto de mayor longitud, que carece de principio - y sobre todo de fin- por lo que sus partes pueden presentarse de forma separada.
Serindê.

Pd. Talvez reconozcan a los personajes.


La almohada

Thêra despertó, una mentira más que se decía así misma, no podía despertar puesto que no estaba dormida. Se levantó. Con la cadencia de siempre caminó hacia la puerta. A Thêra, no le gustaba mira hacia atrás, pero siempre lo hacia. Ahora volteaba la vista para encontrar sobre la cama a Damad, con cada extremidad desordenadamente posada sobre la tela. Su piel acanelada contrastaba, con el marfil del lino. Lo miró un instante para continuar su camino.
Los cristales en su vestimenta emitieron un ligero ruido mientras bajaba los escalones. La tela rozaba el piso como queriendo borrar las huellas que dejaban los pies de Thêra. Sólo bajo como un pretexto. Quería alargar su camino. Rodeando el patio regresó a la planta alta.
Thêra miraba el horizonte, permanecía tan quieta que asemejaba una columna más de la arcada. La noche, con su nítido azul oscuro, ofrecía un refugio fuera de las blancas paredes de la casa. Las lluvias se aproximaban. Se podían distinguir, a la distancia, las nubes llenas de agua. El aire las precedía murmurando entre los cabellos de Thêra. Pero eran palabras inteligibles. Pronunciadas en muchas lenguas, capturadas por las ráfagas a lo largo de los días. Cuando el viento tiene tanta humedad es, por fuerza, frío; como la hoja de un cuchillo sobre la piel del rostro, suave y cortante.
A pesar de las maravillas que la rodeaban parecía llevar una vida apacible. Sin más sobresaltos que Damad. Thêra parecía tener una alma templada, falso. Cuando Damad la acompañaba su fachada sosegada se interrumpía. Aparecían grietas, casi imperceptibles, casi. Aquel que mirase con atención podía distinguir el abismo que los separaba Él emanaba luz. Ella simpre despedía sombras. Los dos seducían. Ambos eran peligrosos. La luz que emanaba Damad podía cegar, las sombras de Thêra envolver y asfixiar. Eran tan opuestos que parecían destinados a no separarse. A consumirse mutuamente, el uno al otro.

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