29 septiembre 2006

Los inmortales


Ustedes recordaran que los integrantes del café andan sueltos, haciendole la vida imposible a más de uno que se topa en su camino.
Continuando el texto de Sidurti:
Las sombras del pasado... o las sombras que pasaron
- El detective
Sí, el humo comenzó a inundar todo el salón, obligando a los invitados a permanecer en el patio. Todo se salió de control. Diez minutos después había encontrado la fuente del humo, cinco más y los invitados regresaron al cielo raso. Del joven con corbata verde no encontró señal alguna.


Pasó su mirada vigilante entre las mesas, caminó entre los invitados hasta que lago llamó su atención. Eran esos tres muchachos. Aun sin antifaces se distinguían del resto. Decidió mantenerlos vigilados.



Tras varios minutos de cacería los perdió, probablemente se separaron. Continúo buscándolos hasta que topo con un conejo de felpa. El animalito sostenía un sobre. Nuevas instrucciones: al terminar la fiesta debía permanecer para recibir su pago y un nuevo trabajo, claro si aún quería.
La última persona se retiró. Cerraron las puertas y las luces exteriores se apagaron. El detective se dirigió a la biblioteca. Encontró en el centro una lámpara encendida, avanzó hacia ella para oír cerrarse la puerta tras de él. Un giro rápido lo haría encontrase de frente con los misterioso jóvenes. No pudo evitar enarcar la ceja. ¿Era una broma más? La sensación de sorpresa se encaminaba veloz hacia el enojo, cuando la mano de Sidurti, le entregó un sobre. Le agradeció por sus servicios mientras dejaba una mascara de plumas de pavo real en el escritorio.
Desde aquel día quedo en claro para el detective Saullo que esos tres podían volver loco a cualquiera. Suspiró tratando de recuperar la paciencia que se le escapaba. Después de seis años de servicio poco quedaba que le sorprendiese, pero ellos eran punto y aparte. La mano del detective convirtió en arrugas la invitación. La cofradía le llamaba a su celebración.
El detective salió de su oficina. Necesitaba aire fresco. Mientras caminaba recordaba una frase: “nuestro nombre influye en nuestro destino.” Ahora parecía adquirir el tono de sentencia. Saullo, el primer apelativo del apóstol Pablo, enemigo declarado de esos pequeños demonios: la eterna lucha entre el bien y el mal

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