25 noviembre 2006

Cómo Caídos del Cielo

Inspiración


Un joven aguardaba sobre el techo. Sus pies, sin zapatos, jugaban en el filo de la cornisa. Un pie delante del otro. Los brazos buscaban el equilibrio con precisión. El viento levantaba su cabello negro. Tiene una piel blanca que adquiría un tono azulado con el frío y ojos negros, enmarcados por abundantes pestañas. La delicadeza de sus rasgos se mezclan con su carácter para no revelar su edad. A veces parece un niño. La ira no predomina en su temperamento, lo que le hace en general dulce. Pero es caprichoso. Su obstinación le arrastra, ocasionalmente, a una violencia efímera.

Su mente revolvía las ideas. No sería la primera vez que caía, fue su decisión. En comparación, tres pisos no eran nada. Necesitaba una idea, sencilla pero eficaz. Requería aclara sus pensamientos para crear; el aire fresco sobre su piel siempre le ayuda. Se deslizaba con el andar que usan los gatos. Recorrió los cuatro lados de la casa. Se detuvo en el mismo punto donde inició el recorrido. Una paloma cruzó junto a su brazo. Algunas plumas se soltaron cayendo lentamente. El corte en el aire lo saco de sus pensamientos. Abandonó la cornisa. Caminó para entrar a la casa. Bajaba los escalones repasando su trabajo. ¿Por qué el suyo no era fácil? a otros les bastaba un simple toque en la mano.

Enredando quejas y soluciones llegó al salón principal. Sus pasos terminaron por romper la poca concentración. Así pasaba siempre. Meses llenos de geniales pensamientos, para dar paso a otros sin una sola idea. Un muerto tenía mayor creatividad en estos momentos. Talvez debería visitar a los difuntos. Decidió ir a jugar ajedrez con Astaroth. Eso despejaría su mente.

Era otoño, la lluvia aumentaba el frío del día. Tocó la puerta tres veces y esperó respuesta. Un muchacho, abrió la puerta. Los dos se parecían. Uno más joven que el otro, probablemente serían parientes.

-Pasa Bel- articuló Astaroth, al tiempo que un ademán corroboraba la invitación.

-No me llames así. Sabes que no me gusta. Me pueden confundir.- fue la respuesta

-A todos nos confunden. Es el aire de familia-

Una mueca en los labios de Bel, dio por terminado el tema.

En el tablero las piezas permanecían en orden. Las figuras blancas proyectaban la luz, resplandecían; las negras la absorbían convirtiéndose en profundos pozos. Nadie lo había dicho pero hace tiempo que estaba acordado: las piezas negras eran de Astaroth, las blancas de Bel. Cómo en las estrellas, en el ajedrez cada movimiento define el juego, la estrategia lo es todo. Astaroth escuchaba con los ojos cerrados, abriéndolos de jugada en jugada. Bel, cuestionaba su trabajo. Alfil blanco a torre negra. De improviso el joven se levantó, provocando que los ojos de Astaroth se abrieran. Bel, se desperezó, estirando los brazos. Tan rápido como se incorporó, regresó a su lugar. Reina negra a alfil blanco. Bel parpadeó lento, sin prisa. Caballo negro a torre blanca.

Una ráfaga de aire húmedo levantó el cabello del Astaroth dejando al descubierto su cuello y nuca. Sus el verde de sus ojos se intensifico, sus labios esbozaron un sonrisa. Reina Negra a rey blanco. Jaque mate. Bel abrió sus alas; dejó escapar unas plumas suaves y negras. Ahora respiraba suave, suspiró, se resignó. Es Belfegor, el Demonio de los descubrimientos e inventos. Aquel que seduce a los hombres incitándolos a crear invenciones y enriqueciéndolos. Pero no tenía una sola idea. ¿Por qué a él?





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