05 octubre 2007

Persecusión.

A cada paso podía escuchar cómo le seguía un paso de él.
Sólo le había dedicado un vistazo, sólo eso. Pasó a su lado y lo miró de reojo, pensó no que sobresalía entre los demás, pero que era bello, tenía encanto.
Tal vez fue sólo ese instante lo que provocó en él la necesidad de seguirla. En cuanto ella pasó junto a él decidió seguirla sin el mayor disimulo. A cada paso que ella daba él avazaba la misma distancia, a la misma velocidad siguiéndola sólo medio metro detrás de ella, por lo que su presencia pronto fue notada.
María no entró en pánico, había tomado cursos de defensa personal y leído miles de correos electrónicos titulados " cuidado chicas" en el que explicaban cómo lidiar con situaciones de peligro potencial. ¿Acaso ésta era una de esas situaciones?
Primero intentó perderlo caminando en zig-zag, pero no funcionó. Los pasos aún la seguían de cerca. Eran las once de la mañana y la calle estaba repleta de gente que iba y venía sin ocuparse de lo que pasaba a su alrededor, aún así María se sentía segura, sabía que si él intentaba algo bastaría gritar un poco para se auxiliada o, al menos, ahuyentarlo.
Pensó que tal vez era su imaginación y que él no la seguía precisamente a ella, así que decidió bajar la velocidad, pero escuchó cómo los pasos detrás de ella aminoraban también. No había duda alguna: la seguía a ella, entonces María aceleró nuevamente el paso... y las pisadas tras ella también.
No puede pasarme esto, pensó mientras buscaba el paraguas en su bolsa de mano. Se armó de valor y se detuvo, debía enfrentarlo antes de exponerse a una situación más peligrosa. Aprovechó que estaba cerca de un eje vial en el que había gente, comerciantes y un par de policías en un puesto de tacos. Los pasos tras ella se detuvieron también, entonces María tomó el paraguas y lentamente giró sobre sus talones para enfrentarlo. Ahí se encontraba él, mirándola de frente sin parpadear.
¡Ya deja de perseguirme! Le gritó mientras levantaba amenazadoramente el paraguas.
Él sólo volteó la mirada mientras sacaba la lengua. ¡YA basta, dime qué quieres!, gritó nuevamente y él la miró otra vez mientras se sentaba sobre sus patas traseras y después se rascó las pulgas.

2 comentarios:

  1. Leticia Zárate dijo...

    Jajaja qué buen cuento, algún detalle por ahí nada más pero creo que cumple su cometido.
    Me gustó.
    ¿Por qué no entras al taller?
    http://metatextosbis.blogspot.com/

    Saludos afectuosos.

  2. Serindë dijo...

    Finalmente alguien logró mantener la pista de la escurridiza Sidurti