16 septiembre 2008

La oscuridad

Aquí debería ir la continuación de la famosa lista 100 cosas de hacerle al cursi. Sin embargo sufro el "sindrome del cerebro burocratico" y mi creatividad se ha visto afectada.
Intento superar la grave enfermendad, por lo cual les dejo una pequeña historia.

Artificio


Sus ojos veían la escena tan real como el paisaje que se extendía cada mañana frente a su ventana. El pensamiento incrédulo buscaba una explicación razonable. Cada secuencia de acontecimientos tiene una respuesta justa y coherente. Sin embargo, lo que vio era extraño; la sombra de aquel felino permaneció fija antes de alcanzar a su dueño. Esa habitación seguía sus propias reglas: al interior de sus blancas paredes las sombras tenían su campo de juego.

A primera vista el cuarto era normal. Un espacio confinado en cuatro paredes y un cielo raso. La decoración llamaba la atención de cualquier persona que entrara. La pintura blanca y el mobiliario colorido capturaban la mirada de los incautos; atraía más que cualquier puerta cerrada. Parecía tener un letrero de prohibido a pesar de la puerta abierta. Como otros, no pudo evitarlo. Fue sólo un paso, un sencillo gesto con el cual cruzó el umbral.

Se trataba de un sitio agradable; se podía permanecer en cualquier lugar. La cama, el sofá, la suave alfombra seducían al cuerpo entero. Basto un instante y del cuarto emergieron las sombras. Trepaban por las paredes, rodeando las lámparas; asfixiando los rayos de luz. En esa noche de artificio se podía percibir heladas sonrisas. Muecas de los seres que subsisten en la oscuridad, que se ocultan entre las sombras. Se trata de aquellos que se ocultan entre las sombras, atentos al momento adecuado para salir. Esperando siempre escondidos en el marco de los espejos, en el pliegue de la sabanas…

El cabello largo y negro se esparcía sobre el satín rojo de la almohada. Los hombros, descubiertos, se movían con el vaivén de la respiración. De los labios cereza se escapó un suspiro. Los ojos verdes miraban atentamente los lazos negros que le envolvían. A los oídos llegaron murmullos acres. Despacio y dulcemente su cuerpo cayó en tinieblas profundas.

En el frío dormitorio, cada objeto se encontraba en su sitio. El cadáver contrastaba en tan meticulosa disposición. El desorden de su inerte cuerpo se extendía sobre la cama. Los ojos vacíos y fríos, contemplaban el techo blanco miraban. Las manos y pies colgantes señalaban cada esquina. La piel blanca exhibía profusos cortes, aún teñidos de rojo.

Igual que en pasadas ocasiones no hubo preguntas; no hubo inquietudes. Nadie escribiría sobre las sombras, sin nombre, que allí viven. Ninguna advertencia, ningún susurro de salvación se escaparía de esos muros.

Serindë

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