15 septiembre 2009

De gringos y mexicanos

Colaboración enviada por la querida Chilangelina para la Kermesse patriotera. Disfrútenla:
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De gringos y mexicanos (los del norte, que también cuentan)

Chilangelina/Los Ángeles

Seguramente les ha ocurrido: Van caminando, digamos, por Paseo de la Reforma, cuando un gringo(a) con gran aplomo y enorme sonrisa se les acerca y les dice algo así como: "Esquiusmi, ¿¿jaucanaigotudesocalouuuu??". Como en la escuela nos enseñaron a medio masticar el inglés, rápidamente queremos poner en práctica nuestros escuetos conocimientos y de volada nos ponemos a decirle que si "raitoveder" o que si "tublocstudeleft". Pero fíjense qué chistoso: si viajamos a Los Ángeles, por ejemplo, y tenemos que preguntar cómo llegar a los Estudios Universal, de volada nos sentimos en la obligación de, nuevamente, sacar el pequeño Larousse español-inglés para, tímidamente, hacer nuestra preguntita en nuestro mal espanglish. O sea que si venimos acá, tenemos la obligación de saber inglés, y si ellos van allá, tenemos la obligación de saber inglés.

La anterior reflexión siempre me ha rondado por la cabeza y me da como corajito, razón por la cual, cuando me ha tocado el gringo buscador de zócalos, elegantemente respondo en el inglés más perfecto del que soy capaz: "I'm sorry, I don't speak english". "Ton's que estás haciendo", pensarán los gabachos, que de la pura sorpresa ya no pueden hacer nada más que tratar de masticar español, cosa que desde luego no logran pero que al menos deberían haber intentado al abordarme en plena calle y en mi país, porque también hay diccionarios inglés-español. Claro, al César lo que es del César: aquí soy incapaz de dirigirme a un gringo en español, porque si pido respeto, pues tengo que empezar por casa.


Todo esto viene al caso (al fin!, dirán) porque ahora que en Estados Unidos existe una posibilidad de que se apruebe una reforma migratoria que puede legalizar a cerca de 12 millones de inmigrantes indocumentados, la mitad de ellos mexicanos, han vuelto a salir las acusaciones antiinmigrantes contra nuestros paisanos. Además de los argumentos políticos (no pagan impuestos, hacen trabajos que ni los negros quieren, puras pendejadas), no faltan los argumentos “culturosos” salidos de sectores de la academia a los que pena les debería de dar. Su perorata va por el lado de que los mexas dividen a Estados Unidos en dos pueblos, dos culturas y dos lenguas, porque a diferencia de otros grupos inmigrantes, los mexicanos en lugar de integrarse a la cultura estadounidense dominante, forman sus propias “subculturas” políticas, lingüísticas, artísticas, etcétera, que van contra los valores del “melting pot”, la idea básica del sueño americano. O sea, los mexicanos en Estados Unidos somos una amenaza para la identidad gringa.


Yo tengo cinco años viviendo en Los Ángeles y, con mi experiencia, puedo decir que es al revés. Sí, esta es la ciudad con más mexicanos en el mundo después del D.F. (sí señores, más que Guadalajara o Monterrey). Sí, cuando uno anda en la calle en ciertas áreas parece que está uno en México, con los letreros en español y la música del Chente Fernández a todo lo que da. Y sí, quien quiera comer el mejor mole oaxaqueño del mundo tiene que ir a Juquilita, en el Este de Los Ángeles. Pero la verdad es que también he sido testigo de el esfuerzo que hacen nuestros paisanos, los migrantes que vienen a este país, para adaptarse a su nueva realidad.


Aunque suene a cliché, ya sabemos cómo somos los mexicanos: desmadrosos, desobedientes, desordenados. Quien ha vivido en el D.F. lo sabe, y quien no ha vivido ahí también, porque toda ciudad mexicana, chiquita o grande, tiene sus propias formas de caos que no se encuentran en otro país. Basta con que pongan un letrero que dice "no estacionarse" para que haya una fila de personas peleándose por ese lugar; mejor aún si el lugar es especial para minusválidos, porque lo interpretaremos como una orden para estacionarnos ahí, y cuando llegue un "cuico" a ponernos una infracción le contaremos la historia de las secuelas de la fractura de tobillo de sufrimos en la secundaria antes de soltarle el billete de cien pesos. Hacemos una fiesta en un parque y al rato parece el paraíso de los pepenadores; si alguien pinta un mural de Sor Juana, le ponemos bigotes; si no hay mural, hacemos el nuestro y lo firmamos como "puto el que lo lea". Y si hay que pagar impuestos, pues que paguen los otros, que al fin el gobierno es bien rata, y ya ven al Carstens y sus secuaces, y al Calderón que y ni la chinga, mejor vámonos a chupar. Ya sé que algunos de ustedes están diciendo "ay, yo no soy de esos", y sé que en algunos casos es así, pero no lo neguemos: hablando como sociedad esta generalización, desafortunadamente, aún nos queda como traje a la medida.


Pues esta interesante condición, que parecería inherente a la mexicaneidad, se nos borra nomás llegar acá. Muchos de nuestros paisanos, ya se sabe, vienen sin papeles. Sin hablar inglés. Sin dinero. Muchos, sin contactos. Sin empleo. Pero eso sí, con un enorme costal lleno de mitos y realidades sobre la “migra”, sobre qué pasa si te agarran, sobre qué pasa si te retachan, sobre que eres la única esperanza de la familia acá en México y nomás que empiecen a llegar los dólares le compramos los zapatos a la niña. Vienen aterrados a un país que, por lo demás, resulta ser ordenadísimo, aún en lugares de natural caos como Los Ángeles.


Con tanto orden impuesto, el desorden es más notorio. Por ejemplo, en los semáforos hay cámaras con un sensor y si te pasas un alto, la cámara te toma una foto, a tu carro y a las placas; las fotos te llegan por correo con tu multa para que vayas a pagar sin posibilidad alguna de alegar que "es que el carro lo traía mi compadre". Si te falta un foco en las direccionales o los cuartos traseros del auto, te detienen. Si no traes el cinturón de seguridad, te detienen. Si no pagaste la renovación de las placas (es como un equivalente a nuestra tenencia, para que no digan que México es el único país en donde se paga tal impuesto), te detienen. Si un comerciante se queja de que hiciste un desmán en su tienda, te detienen. Si bebiste y manejas, te detienen (sí, el alcoholímetro tampoco es exclusiva nuestra). Si grafiteas una pared, te detienen. Le voy a parar a la lista; asumo que ya captaron el mensaje.


Pero el asunto es: si eres indocumentado y te detienen, pues hay una probabilidad de que te deporten. Y entonces la niña se queda sin zapatos. Así que los compatriotas indocumentados, los mismos desmadrosos y desordenados, en general aquí NO se pasan los altos, NO andan sin luces, NO manejan ebrios ni sin cinturón, NO omiten pagos al gobierno, NO grafitean, NO hacen desmanes y NO traen a sus niños brincando sobre el volante. Si eso no es asimilación, al menos a las reglas, pues entonces no sé qué es. Forzada, pero ahí está.


Eso por lo que toca al orden. Ahora voy al asunto del idioma. Muchas escuelas públicas cuentan por las tardes con clases de inglés para adultos por una cantidad módica, tres horas diarias cuatro días a la semana, tengas papeles o no, seas mexicano, ruso o taiwanés. Bueno, pues a estas escuelas llegan nuestros hombres y mujeres después de trabajar para tomar sus clases y así sentir que empiezan a formar parte. Quieren aprender el idioma, dominarlo y compartirlo con sus familias; quieren entender lo que dicen los hijos, que por ir a una primaria que da clases en inglés ya no saben muy bien en qué idioma pedir ayuda para hacer la tarea. Los mexicanos quieren hablar inglés; si lo vemos en pleno Paseo de la Reforma, en donde sin necesidad ahí andan haciéndole al tourist leader, pues con más razón en este lugar. Desde luego, también quieren conservar su idioma, pero así lo han hecho desde hace décadas los italianos, los coreanos, los chinos, los armenios, los japoneses, los judíos, y a ellos no se les acusa de no integrarse a la sociedad estadounidense. Es más, todos estos grupos están en muchos sentidos mucho más organizados para conservar su identidad cultural, en fondo y forma; ahí andan los árabes con sus mil capas de tela, las mujeres indias con sus lunares en la frente, las japonesas con sus kimonos de etiqueta yendo a sus ceremonias y los judíos con sus atuendos negros (con un calor del demonio), de barba y trencitas acudiendo a sus sinagogas (y estos últimos, además, financiando una guerra contra Palestina). Y ahí van los mexicanos el domingo, paseándose por el mall con sus tenis Nike, su playera de los Lakers y su gorra de los Dodgers, siendo señalados por los que dicen que esa subespecie es un peligro porque no se quiere integrar.


No son los mexicanos los que inventaron el Taco Bell, ni los que crearon un menú de "burritous" en McDonald’s. No son los mexicanos los que hacen comerciales de Ford, Honda, Nissan o Toyota en español; son los empresarios gringos, que saben que estos peligrosos mexicanos que vienen a trabajar también vienen a consumir, y con ello, a contribuir doblemente en la activación económica del país. Y nomás chéquense esto: el propio gobierno ha creado un mecanismo mediante el cual los trabajadores ilegales pueden, a través de una clave, pagar impuestos; y los mexicanos lo hacen, porque en caso de que exista una reforma migratoria, esta es una manera de comprobar cuántos años han vivido aquí. ¡Pero bueno, ya quisiéramos que todas las amenazas del mundo fueran tan redituables!!


Finalmente, si somos una amenaza para la identidad gringa y somos incompatibles con esta cultura, ¿por qué los gringos se sienten tan cómodos yendo a nuestro país a caminar por Reforma y a hablarnos en inglés?

2 comentarios:

  1. Kentucky Freud Chicken dijo...

    Porque son unos mugrosos narcisistas. ¿Identidad gringa? ¿Cuál?

  2. Antonio dijo...

    Mi experiencia se reduce a un gringo que me platicó indignado que tuvo un problema en un aeropuerto y que no había nadie en todo el edificio que hablara inglés para ayudarle ¡En Grecia!, y otro que se molestó porque el cliente común (ambas empresas nos asociamos), que era francés, programó una junta el día de acción de gracias ¿Cómo se le ocurría? ¿Qué no celebraban el acción de gracias esos franceses?

    Fuera de estos dos ejemplos de provincianismo gringo, he conocido muchos que buscan hablar español y son bastante amables.

    Pero sí, normalmente me siento más obligado a hablar inglés que a esperar que los otros hablen español.

    Un Abrazo