24 octubre 2009

Hasta los huesos

Sí, nos gusta la muerte. Talvez es el lado oscuro nos domina o sólo somos adictos a la noche.

Durante los últimos días de octubre y primeros de noviembre vemos monstruos por las calles, disfrutamos de cuentos y películas que nos provocan escalofríos, y además podemos rob…, comer muchos dulces; es cierto, a todos nos encantan las dosis controladas de terror.

La muerte se personifica y se celebra porque es incertidumbre. La forma en que concebimos la muerte se encuentra más allá de la forma biológica den que fallecemos. El acto de morir conforma múltiples imaginarios: La muerte es heroica (para los guerreros), transitoria (para los iniciados en los misterios), imperiosa (para los amantes consumidos por la pasión), temible (para los culpables), piadosa (para los justos)… pero en su fiesta la muerte se torna alegre, se viste con flores, se convierte en dulce y se ilumina. Por medio de la fiesta nos acercamos a la muerte, comparte nuestra mesa.

Por nuestro preeminente pasado agrícola se originaron celebraciones importantes entre los meses de agosto y noviembre. Dichas festividades están asociadas a la tierra y por extensión simbólica a los muertos. No se trata de pretextos tontos para espantar a los niños o moralizar a los adolescentes. Además de asustarnos y provocarnos caries, en cualquiera de las fiestas (obon, chuseok, día de muertos, halloween, etc.) se recuerda a los antepasados.

Las fiestas funerarias crean un espacio dedicado a nuestros recuerdos, a nuestra primera, y más cercana, historia. Al mismo tiempo, las fiestas, remarcan el carácter ineludible de la muerte. Celebrar a los difuntos reúne elementos primordiales para el ser humano. Las fiestas de carácter mortuorio se relacionan con el valor otorgado a la existencia: la vida y nuestro pasado.

Serindë

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