08 septiembre 2010

Inmortales, el regreso

Al fin en el aeropuerto.


Un extraño sonido surgió de los altavoces del aeropuerto. Dicen algunos que ese ruido era un anuncio de retraso en los vuelos, otros, dicen que era un mensaje subliminal.
En todo caso, las pantallas confirmaron algunos retrasos en los vuelos internacionales, al parecer una tropa de gansos decidieron hacer una parada en las inmediaciones del aeropuerto, por lo que algunos viajes debían esperar a que los gansos desalojaran.






Con el equipaje documentado, no teníamos mayores problemas para movernos, así que decidimos andar un rato por el aeropuerto, además, era necesario tomar un respiro con sabor a café.
Gente que iba y venía, maletas, carritos llenos de equipaje, algunos policías que ocasionalmente hacían ronda acompañados por un perro...Todo parecía bastante ordinario, un día cualquiera en una terminal internacional... Sin embargo una extraña sensación de intranquilidad me invadía.
Sólo éramos cuatro jóvenes adultos, tomando café junto a una caja de donas o rosquillas, y aún así captábamos algunas miradas. No, no eran miradas conquistadoras, a esas sí que estamos acostumbrados.
Me di cuenta que algo andaba mal cuando una tierna nenita, como de 5 años, nos miró señalándonos y diciendo algo a su madre. Tork, quien tiene por hobbie hacer gestos que espantan a los niños, no tuvo oportunidad de hacer su rutina pues la madre golpeó a la niña y la alejó del lugar a la vez que algunas personas nos miraban de reojo.
¿Qué podría ser lo que llamó la atención? ¿Qué tanto decían aquellas personas sobre nosotros?
Súbitamente, una monja se asomó entre la multitud. Decidida, se acercó a nosotros buscando algo debajo de su velo. Tanto Serindë como yo, nos miramos mutuamente e intentamos ponernos de pie dispuestas para salir corriendo, los chicos, en cambio, protegieron las 5 donas que aún quedaban en la caja.
- Disculpen jóvenes, ¿No gustan comprar alguna estampita? Es para apoyar a nuestro convento. ¿No gustan algún santo para que los proteja en su viaje?.- Dijo a la vez que extendía su mano con un manojo de estampitas religiosas.
Tras recuperar el aliento, le extendimos una moneda, pero sin recibir imagen alguna.


De nueva cuenta, un estruendo inundó el aeropuerto y algunos viajeros se pusieron de pie y caminaron hacia el control de seguridad. Al parecer, se había anunciado la próxima salida de los vuelos retrasado. Un lejano " Que dios los bendiga" se ecuchó mientras seguíamos a los demás pasajeros.


Tras realizar el fantástico ritual de "dinero, celulares, cámaras, objetos metálicos en la bandeja", nos encontramos nuevamente en una sala de espera, pero en esa ocasión, no había rosquillas ni café, se quedaron confiscados en el control de seguridad.
Decidimos no esperar sentados. Conociendo los procedimientos, llamarían primero a los pasajeros de la clase premier y, al menos en este viaje, tendríamos atención de primera (después de pasar por un convento, era lo que nos merecíamos).
Continuará... (Esperamos)



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